"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)

viernes, 18 de diciembre de 2009

Inventor adolescente educado en casa


Publicado en El País


ENTREVISTA: DESAYUNO CON... JAVIER FERNÁNDEZ-HAN

"Inventar para pobres es mejor que hacer iPods"

Este inventor de 15 años fue educado sin pisar la escuela. En su casa



Cuando derramaba el zumo de naranja por el suelo de casa y su madre le ordenaba limpiarlo, optaba por acoplarle un motor y una esponja a un pequeño robot fabricado con muñecos en vez de ensuciarse las manos. Con 15 insultantes años, ya puede presumir de haber imaginado un sistema a base de algas cuyo propósito es nada menos que satisfacer todo tipo de necesidades humanas, desde energéticas hasta alimentarias, en zonas del planeta que siguen esperando la llegada del progreso. "Me gusta inventar cosas", afirma sin más el estadounidense Javier Fernández-Han, ganador del concurso Invent your world challenge para jóvenes talentos.

Este inventor de 15 años fue educado sin pisar la escuela. En su casa

El galardón le fue concedido por la Fundación Lemelson -lleva el nombre de Jerome Lemelson, uno de los inventores más prolíficos de EE UU- y la ONG Ashoka, dedicada a respaldar a emprendedores sociales. Más de un veinteañero se habrá arrancado los pelos al ver que perdió frente a un joven que aún no se afeita el bigote. "Ayudar a los pobres puede ser muy rentable", dice, mientras agita su chocolate con leche como si en él hubiese alguna idea de provecho. El sistema que le valió el premio es lo que se podría llamar un mecanismo autoalimentado: combina una decena de tecnologías para crear un sistema que genera biocombustibles, trata residuos y algas comestibles, todo de forma sostenible. "Me gusta pensar en cosas que ayuden a los pobres. Es más interesante que hacer iPods para los ricos", explica Fernández-Han.

Viene con poca hambre -no toca la fruta- y con la lección aprendida. Su familia es, cuando menos, peculiar. Su madre, de origen mexicana, y su padre, taiwanés, se conocieron en la prestigiosa Universidad de Brown (Rhode Island). Optaron por educarle en casa, convencidos de que la escuela frenaría su potencial. Su madre, María Teresa, relata cómo su otro hijo, Fabián, está más centrado en las finanzas, pendiente todo el tiempo de la Bolsa -"Una vez me despertó a medianoche: '¡Mamá, tengo que comprar acciones de Apple ya!"-. Los padres, que parecen haber planeado una ambiciosa vida familiar -incluso cambiaron el orden de los apellidos de sus hijos porque sonaba mejor así-, explican que educarles en casa permite que se centren en sus pasiones. "Además, son complementarios: el primero podría dedicarse a inventar y el segundo a buscar la financiación", precisa Peter, el padre.

Javier quiere ir a Stanford y ya tiene tarjeta de visita. Uno se pregunta si no va demasiado rápido, si la infancia para él no ha sido más que un mero trámite que solventar cuanto antes para llegar a la parte adulta. "Me han educado de una manera distinta, pero hago lo que me gusta", dice minutos antes de que su padre, oyéndole toser y siguiendo de lejos la entrevista en una mesa de al lado, le traiga un vaso de agua. ¿Cree que la vida normal de los jóvenes de su edad es aburrida? ¿No echa en falta hacer tonterías en el recreo con los amigos? "Tengo muchos amigos implicados en mi ONG, Inventores sin Fronteras. La gente de mi edad podría hacer más, pero no saben cuáles son sus pasiones".


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