"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)

lunes, 2 de agosto de 2010

¿Es el elogio un castigo?

Esa es una pregunta interesante. Ahora mismo está de moda elogiar. Elogiar a los niños, y también a los adultos. Y pareciera que de ese modo estamos premiando lo que queremos que las personas hagan, el modo en que queremos que actúen. Ahí empieza el primer "escollo". Premiamos cómo queremos que otros actúen. Y eso nos pone en la posición de "jefes". En la posición de saber cuál es la mejor opción. Y si bien, premiar a un niño es relativamente fácil, no tanto premiar a un adulto.
Cuando premiamos, al igual que cuando elogiamos, necesitamos estar en una posición de poder. Es la posición de "soy más fuerte" o "más sabio" o más "..." . Porque en situación de igualdad, no premiamos ni elogiamos. Simplemente describimos la acción y a veces (que no siempre) decimos nuestro parecer sobre el hecho.
Pongamos un ejemplo: Nuestro hijo de ocho años ha ordenado la cocina y fregado los platos. Así que le decimos "qué amable y trabajador has sido" (elogio), te mereces "..." (en los puntos suspensivos va desde un beso, abrazo, hasta una chuchería, es decir premio). Nosotros hemos decidido qué es lo que se puede y debe hacer en casa. Y premiamos por ello. Cuando nuestro hijo lo hace dos semanas seguidas, nos "acostumbramos" a lo amable y trabajador que ha sido y nos "olvidamos" de elogiarle y/o premiarle. En ese punto pueden suceder dos cosas. El niño necesita nuestra aprobación e intentará hacer aún "más cosas" para que le veamos. Así ha traducido que le queremos cuando "trabaja" para nosotros. O bien se siente castigado, por la ausencia de premio y decide dejar de hacerlo.
A simple vista, la primera opción es la mejor, sólo que si depende de nuestra aprobación, dependerá muy probablemente de la aprobación de otras personas, con los riesgos que eso lleva. Y la segunda opción, queda claro que no es muy adecuada.
Supongamos que es nuestra amiga "Juanita" quién ha ordenado nuestra cocina y fregado los platos. Posiblemente le daríamos las gracias. Y si lo hacemos de modo sincero, hasta le diremos lo bien que nos sentimos por disponer del tiempo que ibamos a dedicar a fregar, para charlar, leer un libro, descansar, etc. De ese modo le hemos comunicado a nuestra amiga, lo que ha supuesto para nosotros su ayuda. Pero no le hemos premiado ni elogiado por ayudarnos. Cosa que nos sentimos a veces "obligados" a hacer con nuestros hijos, debido a la tan llevada y traída educación.
Si yo fuera "Juanita", me sentiría feliz de haber sido útil para una persona a la que aprecio. Y si fuera el niño y me trataran cómo a "Juanita", también me sentiría feliz de haber sido útil a alguien a quién aprecio. ¿Por qué negarle a un niño ese sentimiento? ¿Es eso realmente educativo?

Tomado de www.sincastigos.com

3 comentarios:

  1. Muy buena reflexión.

    El elogio, el premio, no dejan de ser reforzamientos conductistas y amaestradores, igual que el castigo. La ley de la zanahoria.

    Un abrazo!!!

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  2. Me hace pensar porque yo he sido una persona que constantemente he necesitado la aprobación de mi madre (de forma inconsciente, y veo que ahora yo elogio muchísimo sobre todo a mi hijo. Después de leer esto me da miedo que mis elogios le vayan a suponer una dependencia como me pasó a mi. No le premio con cosas, pero recibe el premio emocional del elogio. A veces lo hago porque es un niño muy exigente consigo mismo y tengo que transmitirle lo orgullosa que estoy de él y un poco para que tenga un concepto muy positivo sobre él mismo (profecía autoculplida) Intentaré darle las gracias sin añadirle siempre un elogio, a ver si soy capaz.....

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  3. Me hace pensar porque yo he sido una persona que constantemente he necesitado la aprobación de mi madre (de forma inconsciente, y veo que ahora yo elogio muchísimo sobre todo a mi hijo. Después de leer esto me da miedo que mis elogios le vayan a suponer una dependencia como me pasó a mi. No le premio con cosas, pero recibe el premio emocional del elogio. A veces lo hago porque es un niño muy exigente consigo mismo y tengo que transmitirle lo orgullosa que estoy de él y un poco para que tenga un concepto muy positivo sobre él mismo (profecía autoculplida) Intentaré darle las gracias sin añadirle siempre un elogio, a ver si soy capaz.....

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