"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)

viernes, 3 de junio de 2011

Cuando educar en casa es la única opción sensata

Algunas veces me he sentido un poco “intrusa” en esto de la educación en familia. Sobre todo porque no es una opción que yo elegí consciente y meditadamente. Es algo que se impuso a la fuerza por sí mismo en mi familia “a pesar de” no ser lo que yo hubiera preferido.

Desde que nació mi hijo mayor mi vida sufrió una revolución, él se encargó de enseñarme muchas cosas, de desmontarme creencias, teorías y máximas con las que yo crecí. Poco a poco nos hemos ido adaptando a educarle y a convivir todos juntos, a hacer de nuestro hogar un lugar amoroso y entrañable que compartir.

Pero los primeros años fueron duros. El aprendizaje fue espinoso y difícil, además yo sabía (sentía) que para poder completar bien ese aprendizaje tenía que esforzarme mucho, no podía permitirme el lujo de aliviarme la presión, de “desconectar” un poco del niño.

Mi hijo me ayudaba a no hacerlo. Nunca me lo puso fácil, no se quedaba contento con ningún familiar, ir a la guardería le hubiera supuesto un trauma.

Creció y llegó la hora de escolarizar (tres años, es lo máximo aceptado en mi entorno familiar y social) y se juntaron dos factores que me impidieron dar ese paso:

El primero es que ni él ni yo estábamos preparados para la separación. Durante ese año (de los tres a los cuatro) ambos hicimos grandes avances y consolidamos los principios de una nueva relación de maternidad sobre la que asentamos nuestra vida en común.

Dejar ese proceso a medias hubiera sido terrible para ambos, las consecuencias desastrosas en el rumbo que pudiera tomar nuestra relación futura. Tener que enfocarnos en adaptarnos al colegio cuando todavía no había acabado nuestra adaptación a nosotros mismos era demasiado.

El otro factor que se juntó fue que íbamos a hacer un traslado, nos mudaríamos a mi ciudad natal que había dejado atrás catorce años antes. Ahora sentía que necesitaba una familia alrededor para sentirme apoyada en la crianza. Una familia que, si bien no era la ideal, y a menudo ha discutido y no ha apoyado nuestros proyectos educativos, por lo menos está allí y juegan un papel importantísimo en mi vida y la de mis hijos.

Aprovechando este segundo factor como excusa evité la escolarización temprana que en realidad tenía como motivo el primero de los factores que he citado.

La familia lo aceptó más o menos, era una adaptación del niño a su nueva ciudad, su nueva casa y sus nuevas circunstancias… no hubo mayor problema.

Durante todo el año estuve meditando qué hacer. Había un rechazo absoluto al colegio dentro de mi casa. Mi marido por su mala experiencia escolar. Mi hijo porque tenía pánico absoluto a la separación de sus padres. Y en cuanto a mí (la mamá) habiendo tenido un gran éxito escolar en muchos sentidos y guardando muy buenos recuerdos del colegio, aún así podía vislumbrar que aquello no era para mi hijo… él no era como yo… y podía observar muy bien la cantidad de niños que conozco cuyo paso por el colegio muy lejos de ser un camino de rosas ha sido un pequeño (o grandísimo) infierno. ¿Quería eso para mi hijo? Definitivamente no.

Así que comencé a interesarme en la opción de sacar adelante un proyecto de escuela libre y activa, más respetuosa con todos los tipos de personalidades, con los ritmos y los estilos de aprendizaje, con los intereses y capacidades propias de cada uno, y que tuviera en cuenta las necesidades emocionales, físicas y espirituales (y no solo las intelectuales).

El proyecto se me hacía tan grande y tan lejano… ¡a mí! Que bastante tenía con intentar aprender cada día a lidiar con mi único hijo… aprender a ser mamá (a secas) ya era muy difícil y me consumía casi toda la energía. Así que como para embarcarme en semejante aventura.

Pero lo hice… lo intenté al menos…

Lo intentamos junto a un pequeño grupo de educadores y de otras familias. Un grupo demasiado pequeño, compuesto por personas demasiado ocupadas, con limitaciones económicas demasiado grandes,… y aunque todos pusimos mucho esfuerzo, cariño e ilusión… el proyecto nos quedó grande.

Mientras todo eso ocurría pasaban otras cosas. Llegó septiembre del curso en que cumplía cuatro años. La familia, que no sabía nada de mis cavilaciones, daba por sentado que ese año acudiría al colegio. Me sentía tan presionada que incluso lo matriculamos en una escuela pública, queriendo pensar que las cosas saldrían bien por arte de magia…

Llegó el día anterior al comienzo del colegio y nos recibió la que sería su profesora para conocernos. La sensación fue tan sumamente mala que salimos de allí los tres sabiendo que ese había sido nuestro único y último intento. David jamás llegó a ir al cole.

En este punto debo decir que el problema no fue de la maestra que nos atendió, que la pobre no hizo nada malo, nos mostró la educación tal cual es, tal cual ya sabíamos que era pero queríamos creer que no era. Menos mal que nos tocó esa maestra y no otra de las que te intentan medio engañar diciéndote que todo es distinto ahora. Porque nosotros (en el plano más superficial) queríamos ser engañados para poder mandar allí al niño felices, convencidos de que eso era lo mejor para él, contentos… como las demás familias… sólo queríamos ser “normales”.

Pero la realidad se imponía. No podíamos autoengañarnos. El colegio no había cambiado sustancialmente, y el colegio NO era un lugar para MÍ hijo.

Ya no entraba en decidir si era un lugar para otros niños, para otras familias. Para el mío no. Y cuando una madre tiene tal certeza ¿qué puede hacer? ¿puede cerrar los ojos sin más? ¿puede convencerse de que mandará allí al niño y todo irá bien? ¿puede confiar en que todo lo malo que sabe que ocurrirá al final no pasará? ¿es sensato usar a nuestros hijos para hacer experimentos con tan pocas probabilidades de éxito?

Hay quienes dirán que el experimento lo hacemos educando en familia… ¡ay amigos! ¡qué error!

El colegio no ha demostrado ir bien para todos los niños. Es más, ha demostrado año tras año, tener un índice de fracaso escolar. Y yo ya no me meto de si es elevado o no… lo que me importa son esos niños (pocos o muchos) que fracasan en el colegio o que sin fracasar lo pasan mal, están tristes, no se integran, sufren acoso escolar año tras año, o simplemente renunciar a ser ellos mismos para adaptarse a algo que les resulta muy artificial.

Sé que muchos amantes del colegio dirán que los niños que fracasan en el colegio o que no lo pasan bien en él tienen problemas en casa, problemas familiares detrás. Es tan fácil culpar de todo a los padres, no asumir bajo ningún concepto que el sistema no es perfecto y no puede ser lo mejor para todos.

Pero aún asumiendo que los problemas de mi hijo para no adaptarse al colegio provinieran de nuestra familia. Cargándome la culpa a las espaldas por haber tardado tantos años en aprender a ser la mamá que soy, por no haber sabido criarlo o educarlo mejor, para encajar, para adaptarse, para independizarse. Aún así ¿qué hago ahora? ¿lo mando al colegio porque es lo que toca? Suponiendo que toda la culpa sea mía por haberlo criado como lo he hecho… ¿le vuelvo a castigar a él por ser como yo “soy culpable” de que sea?

Igual lo que debería hacer es “cambiar yo”. Ser una mamá distinta, empezar a criarle y a educarle como “debería” haber hecho para que encaje en el colegio mejor.

Pero suponiendo que yo quiera hacer eso… ¿cómo se hace?

Cuantos días he cantado bajo la ducha, melancólica y resignada, esa canción de Ismael Serrano que (aunque él la canta para otras cosas) puedo hacer tan mía… “ya quisiera yo…”

Elegir otro camino es muy cansado, agotador, a veces realmente duro. Cuánto no habré deseado ser como la mayoría. Yo quisiera pensar que el colegio es el mejor lugar para mis hijos, mandarles cada mañana con un beso y una sonrisa pensando lo bien que estarán allí, cómo disfrutarán y harán amiguitos.

No puedo pensar eso ¿cómo lo hago?

El otro día leíamos con mi pequeño unos pasajes de historia, hablaba de la época de la peste negra, cuando se culpó a los judíos de ser los causantes del “envenenamiento” y a algunos se les dio a elegir entre morir en la hoguera o convertirse. Mi pequeño, tan sabio y sensato me dijo: “yo tendría que elegir la hoguera”.

¿Por qué? Su respuesta tenía una lógica aplastante: “Porque no puedo creer en un Dios que en el que no creo. Eso es imposible.”

Mi hijo, tan puro y noble, no entendía de primera que lo que se hacía era “fingir” la conversión. Pero eso me dio que pensar… me di cuenta de que los que ofrecían esta alternativa realmente ¡creían que se podía uno convertir!

No solo ellos, en general observo que la gente piensa que uno puede elegir creer en lo que “debe”. Que si a uno le obligan a creer en algo, o incluso si él mismo lo desea… pues que es tan fácil como creer en eso y punto.

¡Qué sinsentido! ¡Qué poco conocimiento de uno mismo!

No puedo, jamás podré creer en lo que no creo. No creo que el colegio vaya a hacer ningún bien a mi hijo. Y como tampoco he podido sacar adelante otro tipo de colegio diferente, al final educar en familia es la única opción sensata que tengo.

Así, resignada, comencé mi andadura hace unos meses. Haciendo lo mismo que hacía antes, claro, pero ahora planificando el futuro, sabiendo que no es algo temporal (mientras se crea un colegio mejor para él).

Y pasito a paso, caminando en este trayecto… me ha sucedido algo raro, algo que no esperaba. Ahora encuentro muchos motivos para educar en familia, más allá de que mi hijo encaje o no en el colegio. Es más, ahora solo veo dos motivos por los que yo pudiera elegir no educar en familia:

El primero la responsabilidad y el trabajo que recae sobre mis hombros como madre.

El segundo la dificultad de encontrar momentos para compartir con otros niños (que se da sobre todo en sociedades donde la educación en casa es tan minoritaria)

Poco a poco me he acostumbrado a asumir esa responsabilidad y esa dosis extra de trabajo. Además de preparar galletitas, lavar la ropa y llevar a los niños de excursión o al parque me toca planificar su educación y encargarme de lo que aprenden… pero una vez asumido, pues ya está, sería muy perezosa si decidiera delegar la educación en colegios por este motivo ¿no?

El esfuerzo de encontrar puntos de encuentro para favorecer la socialización sigue siendo la losa que más me pesa en este camino. Pero poco a poco todo se irá poniendo en su sitio.

Así que ahora me encuentro ELIGIENDO esta opción conscientemente. Ahora mismo, aunque saliera adelante el proyecto de escuela libre que quería para mis hijos, ya no sé si me encajaría… creo que no. Porque ahora, después de elegir esta opción de forma forzosa, obligada por la sensatez de excluir lo que no me valía, pues ahora me doy cuenta de que esto es lo natural. Y cualquier otra cosa no sería sino forzar la situación de un modo no beneficioso para nosotros.

Eva Cancer

4 comentarios:

  1. Qué reflexión tan bonita Eva, gracias.

    Un besiño

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  2. Gracias a ti Meninheira, me alegro de que te haya gustado, me quedó un poco-bastante larga jajaja.

    Un abrazo

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  3. Una reflexión preciosa. Ir a contracorriente no es fácil...

    Un saludo, Juana

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  4. Eva, me identifico con lo que has escrito!! tampoco yo escogí esta opción como la opción ideal para mi sino porque no soporto que vayan más al cole (los míos si que llegaron a ir). y también me gustaba más la idea de la escuela libre y no pudo ser y, en parte, me alegro.

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