"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)

jueves, 2 de junio de 2011

enseñar lo que no se sabe


Una de las muchas reacciones adversas que pueden encontrarse los padres que deciden educar a sus hijos fuera de la escuela cuando comunican su decisión a personas que lo desconocen todo sobre esta opción es la consabida: “pero, ¿cómo vais vosotros a enseñar a vuestros hijos todas las asignaturas?”. En primer lugar estas personas no saben que dentro del movimiento “homeschooler” hay muchas tendencias, desde las que aplican un currículo clásico guiado por libros de textos hasta los “unschoolers” más radicales que buscan la libre autorregulación del aprendizaje guiado por la natural curiosidad de la infancia, pasando por aquellas personas que hacen uso de plataformas telemáticas para la auto-educación a distancia. Pero lo que más nos llama a nosotros la atención de esta respuesta airada y sorprendida, es la total confianza en que la educación – como casi todas las cosas importantes de la vida – dependen por completo de la actuación de especialistas. Dejar los asuntos de importancia en manos exclusivas de especialistas, es una de las consignas de los tiempos que corren. En el caso de la educación, esconde una concepción muy concreta del proceso educativo. Es lo que Freire llamó concepción bancaria de la enseñanza. Según este modelo la educación consiste en la transmisión de unos conocimientos que el maestro posee y de los que el alumno carece, como si éste fuera un recipiente vacío y aquel una botella llena. Educar sería por tanto llenar las botellas de los alumnos de conocimiento. El maestro, sobre todo, evaluaría el proceso, comprobando el contenido de las botellas después de su actuación y etiquetándolas debidamente para su posterior salida al mercado laboral, dependiendo de la cantidad de líquido que hayan conseguido guardar en su interior. Frente a esta concepción bancaria, Freire nos recuerda que nadie enseña en verdad nada a nadie, pero que tampoco se aprende en soledad, sino que el aprendizaje nace de la relación de uno con los otros: que siempre se aprende con los demás. Enseñar no es llenar recipientes vacíos sino hacer cosas con los demás y reflexionar con ellos sobre lo que se hace: cuando aprendemos no es que algo entre en nosotros, sino más bien que algo sale de nosotros, que una nueva capacidad se manifiesta.

En este sentido, puede venir a nuestra ayuda la muy curiosa figura del maestro francés Jean-Joseph Jacotot. Este maestro de principios del siglo XIX, hijo de la revolución francesa, realizó un singular descubrimiento que la historia de la pedagogía intenta mantener con toda su fuerza en el olvido: una persona puede enseñar aquello que ignora. No es necesario ser especialista en una materia para conseguir que los educandos la dominen, es más, que la educación esté en manos de especialistas, de sabios, es contraproducente, porque contribuye a forjar ignorantes y a sumir a las personas en la dependencia. Los niños y las niñas se valen de su propia inteligencia sin necesidad de las explicaciones de un maestro para realizar el más difícil de los aprendizajes, el de la lengua materna. “Ellos oyen y retienen, imitan y repiten, se equivocan y se corrigen, tienen éxito por suerte y vuelven a empezar por método, y, a una edad demasiado temprana para que los explicadores puedan empezar sus instrucciones, son prácticamente todos –sea cual sea su sexo, su condición social y el color de su piel– capaces de comprender y hablar la lengua de sus padres”. Inmediatamente después se presupone ignorantes a los niños y se les explican los conocimientos y se verifica su aprendizaje como si ellos no supieran realizar ya dichas tareas. El maestro explicador, el maestro sabio, es el que precisa de ignorantes a los que enseñar y no al revés. Si una inteligencia se impone a otra inteligencia establece y perpetúa una jerarquía. El maestro debe alimentar la voluntad de aprender, partiendo de la revolucionaria idea de la igualdad de las inteligencias: todo el mundo puede comprenderlo todo, todo conocimiento humano es accesible a los humanos. La igualdad no es una meta, si no un punto de partida, la meta de la educación es la autonomía, la emancipación. Sin embargo todo el sistema educativo, a pesar de sus buenas intenciones, está diseñado para perpetuar las jerarquías y promocionar la ignorancia: es la escuela la que genera el fracaso escolar. De esta forma dice Jacotot, un padre analfabeto puede enseñar a sus hijos a leer, debe sólo preguntar (y probablemente ser conducido él mismo por el proceso a aprender) Jacotot consigió que sus alumnos holandeses aprendieran el francés sin conocer él la lengua que ellos hablaban y sin dar una sola explicación, sólo plantándoles frente al problema y alimentando su voluntad de aprendizaje. Por nuestra parte, constatamos también hace ya unos años, gracias al azar, que ignorando casi por completo el latín, materia que nos vimos obligados a “enseñar” a un grupo de 4º de la ESO, nuestros alumnos nos aventajaban en unas pocas semanas – a excepción de aquellas personas a las que no conseguimos alimentar la voluntad de aprenderlo. El maestro se limitaba a preguntar y los alumnos se corregían los unos a los otros aprendiendo juntos y el maestro les iba a la zaga intentando aprender él también.

Por eso las personas que reaccionan como decíamos al principio del texto, sorprendidos de que una madre y un padre puedan acompañar a su hijo en la aventura de la educación, lo que nos recuerdan es que nosotros mismos debemos desescolarizarnos. Desde pequeños la escuela y los maestros explicadores, nos han acostumbrado a que siempre hay alguien que sabe y a hacernos dependientes de esos expertos. Son otros los que toman las decisiones y otros los que aportan las soluciones, nos han recluido en una permanente minoría de edad: debemos aprender a retomar las riendas de nuestras vidas y a no negarle a nuestros hijos nuestra confianza en su inteligencia y su dignidad, para que nunca, nunca, sean tratados por nadie como menores de edad.

Fernando Orozco Jabato

3 comentarios:

  1. Qué interesantísima entrada. Muchísimas gracias por este aporte tan valioso y tan bien explicado.

    Estoy muy de acuerdo con el fondo del tema. De hecho la educación en casa es bastante cercana al unschooling. Bien es cierto que mi hijo aún es pequeño y hasta hace bien poco no me he preocupado nunca más que de acompañarle en lo que él pedía aprender. Pero desde hace algo me empiezo a interesar por lo que en el texto se define como "Alimentar la voluntad de aprender".

    Por un lado me doy cuenta de que a partir de cierta edad ya no vale solo con aprender lo que me voy encontrando por el camino, porque quizás nos podemos dejar en la estacada cosas que al niño le gustaría aprender. Pero en este caso no sería alimentar nada en realidad, sino solamente presentar una serie de preguntas o temáticas y dejar que el niño se interese por ellas.

    Pero ¿qué ocurre si como padres consideramos que hay aprendizajes que pueden valer la pena pero el niño no tiene esa voluntad de aprenderlos?

    Aquí yo diría que deberíamos poder diferenciar entre dos tipos de causas para que esto suceda.

    La primera es que por mucho que nosotros creamos que es fundamental, realmente al niño no le interesa. Aquí el unschooling diría que entonces dejémoslo en paz. Y yo estoy de acuerdo con esta idea.

    Pero ¿qué pasa si lo que sucede es que no estoy sabiendo como madre-educadora "alimentar" esas ganas de aprender?

    Me doy cuenta de que algunas veces en mi cabeza veo un tema que él podría estar interesado en aprender, pero yo lo presenté mal... y se perdió esta ocasión de hacer saltar la chispa.

    Me encantaría hablar sobre cómo poder presentar mejor los temas. No hablo de la forma en concreto, no se trata de decir "con materiales manipulativos, con experiencias vivenciales, con libros bien escritos..." sino incluso mucho más allá... qué ocurre cuando no sabemos/podemos presentar los aprendizajes de un modo que apetezca aprender.

    ¿Por qué a veces no sabemos comunicarlo? ¿Qué hay detrás?

    Un saludo

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  2. Gracias a Fernando Orozco por exponerlo de forma tan clara. Se trata de una presunción paralizante la de que l*s profes son los únicos capacitados para enseñar. Parece que no superamos que hay procesos de aprendizaje... y lo digo como profe de secundaria.

    Mi práctica (como estudiante, sobre todo) me dice que sólo se aprende cuando uno mismo conecta con ese todo-experiencia formado por lo que se aprende, quien te facilita contenidos, sensaciones de cómo modifica tu vida ese nuevo entender, experiencias que lo fijan en tu conocimiento, transmisiones a otras personas...

    Asi que tras ocho años de profe, hoy por hoy no cambio los conocimientos que dan las tablas por los momentos de empatía genuina que se pueden tener al principio o que se tienen con determinad*s alumn*s en momentos concretos... Por tanto no creo que lo haga mejor quién está más laureado en este caso sino quién más escucha, más busca resolver las necesidades de su/s aprendiente/s y sobre todo quién decide que va a embarcarse hombro con hombro en una aventura en la que no hay nadie más listo que nadie...

    Esto va por quién pregunta cómo "alimentar" ese interés por el aprendizaje. Homeschoolers, no caigáis en lo mismo que el cole tradicional (de la masificación de las aulas y de la "disciplina" hablamos en otro momento): para enseñar no os pongaís "el disfraz de represores para mejor enseñar" que tanto nos ponemos los maestros. Mejor escuchad, desarrollar empatía y cuando recibaís las respuestas de los aprendientes con los que compartís aventura, no os recorteís ni un poquito la imaginación, que ahi, en encontrar caminos comunes, es donde de verdad aprende hasta el aire

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  3. Chapeau! Que gozo poder leer reflexiones tan coherentes y conscientes sobre lo que significa enseñar, aprender y educar. Y lo refiero tanto por la entrada, que no tiene despedicio, como por los comentarios que ésta ha motivado. Gracias por vuestras aportaciones!

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