"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)

sábado, 25 de junio de 2011

Una cuestión de concepto y sus posibles significados

Un buen pedagogo, en el sentido amplio de la palabra porque no hablo de títulos académicos, se forma y aprende con la experiencia procedente de las diferentes vivencias, positivas y constructivas, mantenidas con niños y niñas e iniciadas en la propia infancia.

No se forma a través de los textos y libros leídos y por leer de grandes especialistas en la ciencia y el arte de la pedagogía como Vigotsky, Piaget, Dewey, Freire, Montessori y tantos/as otros/as y de otras disciplinas (psicología, sociología,...) que no dudo ni cuestiono, para nada, que sean necesarios para adquirir conocimientos y saber pero pienso que no son imprescindibles.

Desde mi punto de vista son sólo una necesidad arbitraria no más importante que el contacto directo con los/las niños/as, además hay que considerar que cada reflexión, opinión o teoría de los/las expertos parte de una serie de análisis y estudios condicionados por el momento (época), el lugar, el entorno, la cultura y otros muchos factores susceptibles de ser considerados de cada autor/a. Consideración esta que me permite llegar a la conclusión de que los grandes pedagogos/as deben ser referentes que nos ayuden a confirmar y/o confrontar nuestras propias reflexiones, opiniones o hipótesis pero sin caer en el error de cerrar las puertas al pedagogo/a que reside en nuestro interior, tomándolos como únicos modelos de referencia.

A mi modo de entender, el/la mejor pedagogo/a siempre será el niño o la niña que somos pues lo/la llevamos dentro, es decir, nuestra niñez presente en todo momento para saber dar lo que nos gustaba recibir y no dar lo que nos hacía sentir mal o nos hacía daño, cambiándolo para mejorar y no repetir los errores que pudieron cometer con nosotros/as.

Mantener el corazón del niño o la niña que somos para empatizar con nuestros/as hijos/as y, así, comprenderlos, cuidarlos, valorarlos, educarlos y amarlos como ellos/as necesitan.

El/la mejor pedagogo/a es quien sabe mantener ese corazón, infantil y tan humano, que nos permite ilusionarnos, soñar, jugar, aprender, hacer, crear, entender, sentir, enseñar, motivar, valorar... usar las palabras mágicas que nos convierten en personas agradables, cariñosas, comprensivas y amables... y nos permite pasárnoslo bien para hacer sentir bien a las personitas y personas que nos rodean: niños y niñas todas ellas aunque muchas... lo hayan olvidado.

La pedagogía es un arte más que una ciencia, son actitudes no teorías, es una vocación no un título, es amar y respetar a los/las niños/as no disciplinarlos, es magia para hacer reír y aprender juntos a mejorar para ser, cada día, más felices y humanos.

Todos y todas valemos para educar y enseñar si nos lo creemos y, sobretodo, si confiamos en nuestro corazón de niño/a dejándonos guiar por los intereses y las necesidades de nuestros/as hijos/as, confiando en ellos/as y valorándolos/las para que se sientan queridos, tranquilos, atendidos, felices y, en consecuencia, motivados para aprender (que lo hacen en cada momento) y entender todo lo que les queramos enseñar mientras vamos aprendiendo de ellos/as, sobretodo, a sacar al niño/a que nos reprimieron dentro.

PD. Ahora y después de casi seis años educando a mis hijos en casa, puedo decir, con sano orgullo, que nuestro bienestar y calidad de vida ha mejorado muchísimo desde que tuve que des-escolarizar a los dos mayores por la situación tan conflictiva que vivíamos y que, en el instituto, se incrementaba.

Ha sido un proceso duro y difícil por muchos motivos y razones pero lo que cuenta y vale, de verdad, son los resultados y éstos, a día de hoy, son muy positivos en muchísimos aspectos tales como que, hemos ganado en salud porque vivimos sin estrés, sin prisas y rodeados de vegetación que, a su vez, nos ofrece alimentos sanos y naturales; la relación tan conflictiva entre mis hijos mayores y yo ha cambiado por completo pues al dejar el instituto han podido desaprender los malos hábitos incorporados y los valores consumistas, materialistas y machistas que habían adquirido por la presión de grupo que recibían; los dos pequeños crecen libres de presiones y aprenden muy ilusionados y con mucha rapidez pues todo los motiva y emociona, además se evitan los disgustos, tensiones y miedos que tuvieron que soportar sus hermanos en sus entornos escolares; en cuanto a mi, debo añadir que vivir todo el día con mis hijos, sin tener que ir a la escuela, me ha permitido y me permite desarrollar mi pedagoga interior con mucha más fuerza y convencimiento pues ya nadie la reprime, como la reprimían mis padres y mis maestros/as y nadie la anula como trataron de hacer, durante mi docencia, el sistema educativo, tan sistemático y burocrático, las familias, tan exigentes algunas y “pasotas” otras, y los/las “compañeros/as” del claustro, tan acomodados y aburguesados ellos/as. Lídia. Junio 2011.

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