"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)

sábado, 13 de agosto de 2011

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Aprender a leer

A veces reconozco que se me enciende la sangre. Miro a mi alrededor y pienso que vivo en un mundo absurdo, casi irreal. Nuestra sociedad postmoderna y a punto de caducar ha elevado a conocimiento lo complementario. Lo siento por los miles de estudiantes de educación y pedagogía que abarrotan las aulas, muchos con la sana intención de mejorar la educación, de ayudar a niños en su proceso, de apoyar el crecimiento y la capacidad intelectual de sus alumnos. Lo siento sinceramente porque creo que están siendo engañados, estafados en un sistema que no solo no da las soluciones, sino que provoca los problemas. Ahora, los niños que no van bien en el colegio, se ven sometidos a entrevistas con psicólogos en despachos de colegios, a clases especiales con profesores de apoyo y, a veces, incluso al consumo de drogas para sentarlos y domesticarlos.

En general no creo en los profesores (y lo he sido, que conste). No creo que un profesor tenga la capacidad de enseñar. Como mucho puede tener la capacidad de transmitir algunos conocimientos, pero es el estudiante quien aprende. Y esto, por mucho que nos empeñemos siempre ha sido así. Es así porque ninguno de los adultos que hoy leen esto serían capaces de resolver un examen de matemáticas o de geografía quince años después de haberlo "aprendido" en el colegio. Y es que no lo aprendimos realmente. Tan solo memorizamos fórmulas, procedimientos o datos que repetimos después para hacer un examen, para pasados varios días o años ser incapaces de aplicar o recordar gran parte de los aprendido. Como mucho un profesor puede encender la llama de la curiosidad en los alumnos y, guiado por el afán de conocimiento que el ser humano ha demostrado en toda la historia de la Humanidad, el alumno puede formular sus propias preguntas y respuestas. Pero muy lejos están éstas de ser admitidas por el sistema educativo actual.

Así que no creo que realmente se aprenda mucho en el colegio. Yo, al menos, no aprendí mucho. Ni siquiera en la Universidad aprendí demasiado. Puedo recordar algunas cuestiones relacionadas con la Filosofía del Derecho que me apasionaron entonces y que, a pesar de la buena nota, recuerdo en una nebulosa. Puedo recordar mis propias respuestas, pero sería incapaz de hablar más de cinco minutos sobre la obra de Norberto Bobbio o sobre El contrato social de Rousseau. Así que puedo decir que no aprendí demasiado. Y no aprendí, no porque hubiera algo malo en mi. No. No aprendí demasiado en los veinte años de estudios académicos (desde primaria a la licenciatura) porque el sistema no está diseñado ni creado para educar.

Reconozco haber disfrutado más con la lectura libremente elegida de El banquete de Platón en mi casa en el año de COU, que con todas las lecturas parciales y obligadas que tuvimos que hacer para aprobar la asignatura de Filosofía en selectividad. Reconozco haber disfrutado más con la elección de El siglo de las Luces de Alejo Carpentier en 3º de BUP que con la lectura obligada de El Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina -cuyo libro ni siquiera comencé y a quien no he vuelto a leer por pura rebeldía-. Siempre me ha parecido que desde las instituciones educativas se vanalizaba la literatura hasta extremos insoportables. Un libro no es solo un libro, cualquier buen lector lo sabe. Un libro es el encuentro de dos mundos, dos almas, en un espacio y tiempos concretos.

Los programas de animación a la lectura en la que los alumnos deben leer un autor en un tiempo determinado son un auténtico atropello a la razón y a la libertad personal porque la elección de un libro es un acto sagrado de dominio personal y libertad subjetiva. Y, si además, van acompañados de comentarios de texto en los que has de contestar lo que otros quieren que contestes (nunca he encontrado un profesor tan libre que te permitiera hacer un comentario de texto personal y creativo), entonces, el placer intelectual y la capacidad creativa son directamente aplastados. Para mi, que la lectura ha sido mi refugio personal y la balsa en la que sostenerme en los momentos de zozobra interior y exterior, las lecturas obligadas han sido una tortura de la que he conseguido zafarme siempre, porque, y esto es lo bueno, he aprobado sin haber leído los libros que se suponía tenía que leerme. Incluso en selectividad. Siempre supe qué querían los otros - los profesores- que contara del libro y podía explicarlo, aún sin haberlo leído. Lo que viene a confirmarme una vez más la escasa utilidad de los sistemas tradicionales de enseñanza. Pero claro, yo tuve la suerte de haber comenzado a leer en casa a los cuatro años, lo que me permitió la libre elección de mis lecturas hasta al menos los siete y ocho años. Lo que me hizo ser una lectora libre.

Mi hija, que actualmente tiene seis años, comenzó a leer hace algo más de un año. Su elección primera fue la colección completa de Asterix y Obelix que su padre le regaló pensando que miraría los dibujos. Pero no. El regalo fue el aliciente que encendió la llama de la curiosidad y desde hace un año lee y relee las aventuras de los galos (hasta tal punto que este verano pisaremos las Galias en honor a sus personajes preferidos). A priori nunca creí que una niña de cinco años pudiera soltarse en la lectura de la mano de Asterix y Obelix, cuyos nombres y latinajos son tan difíciles de pronunciar y cuyo sentido del humor destila una fina ironía. Sin embargo, así ha sido.


Que conste que cada verano le compro los libros resúmenes del curso que se supone debía haber realizado. En los primeros años de primaria, la lectura tiene una posición predominante. Y así los libros vienen con unas narraciones y cuentos que, he de reconocer, jamás la han interesado. Hace dos veranos, las aventuras de dos marcianos (Tana y Tano) fueron para ella aburridas. Este año, dos hermanos encuentran un barco pirata en la playa mientras están de veraneo con sus abuelos y... a mitad de la narración, ha cerrado el libro y perdido cualquier interés por esos relatos políticamente correctos con lenguaje sencillo y faltos de emoción. Me imagino a un buen intencionado pedagogo escribiendo en lenguaje no sexista una narración irreprochable en la que trabajar los verbos pretéritos. ¡Qué lejos de la verdadera literatura! Es imposible, más bien un milagro, que un alumno correctamente asimilado por el sistema educativo actual ame la verdadera literatura, si quiera que la distinga de los almibarados textos que acompañan los libros académicos. Y estos niños, serán jóvenes que leerán (con suerte) los best seller del año sin comprender que aquello no es ni será literatura. Que la distancia que media entre un libro comercial y la Literatura en mayúsculas es la misma que existe entre una hamburguesa de MacDonald y una caldereta de marisco; la misma que separa el íntimo abrazo del enamorado del rápido sexo anónimo.


Miro a mi alrededor y me pregunto por qué estamos cómo estamos. Por qué nos cuesta tanto tomar decisiones honestas en nuestra vida, por qué naufragamos en un mar de dudas, por qué no conocemos el valor de lo importante; cómo es que no diferenciamos lo accesorio de lo relevante, lo sagrado de lo fútil. Cómo es que no sabemos ofrecernos a los demás y valorar la voz que somos, la melodía única que necesita la armonía total. Y viene a mi mente que somos aún como esos adolescentes que sabían qué respuestas debían dar si querían aprobar el examen, aunque la respuesta no tuviera nada que ver ellos... el problema es que confundimos nuestra voz con la de los otros.

Por nuestro socia Monica de Felipe

1 comentario:

  1. es una pena que el articulo salga cortado y no se pueda leer bien porque esta estupendo.

    Muchas gracias por dejar el blog original para poder leerlo :)

    besitos

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