"Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos comprometidos puedan ser capaces de cambiar al mundo, de hecho, ha sido lo único que lo ha cambiado."
(Margaret Mead)
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lunes, 19 de noviembre de 2012

LEO Y ESCRIBO, NATURALMENTE

Yo, que voy a escribir sobre el aprendizaje de la lectura y la escritura en los niños, casi nada he leído sobre el tema (aunque abundan los libros que explican este proceso y los métodos para alcanzar el objetivo de la forma más eficiente).

Lo que cuento se basa en lo que he observado en mis hijos, su conquista gozosa de la palabra escrita de forma natural; en contraste con mi propia experiencia de niña que recuerdo y revivo cada vez que escucho a un niño, sometido a un método de enseñanza de la lectoescritura, po-ner-so-ni-dos-con-gra-n-es-fu-er-zo-a-lossig-nos-que-ve-en-el-pa-pel.

Entre lo poco que he leído sobre el asunto está un pequeño librito titulado El método natural de lectura, de Célestin Freinet, que comienza así:

"Si usted pregunta a una madre -aunque sea adjunta o incluso profesora de gramática y fonética- con qué método ha enseñado a hablar a su hijo, lo mirará extrañada. [...] Para el niño sólo hay una forma de aprender a hablar y esta es siguiendo el único proceso natural y general de ir tanteando experimentalmente [...]".

Este libro cayó en mis manos cuando mi hijo mayor ya había adquirido por iniciativa propia los rudimentos básicos de la lectoescritura, y su lectura me confirmó lo que yo había observado. No es, como parece indicar su título, un manual para enseñar a leer de forma más respetuosa y natural; nada de eso; trata del proceso por el cual el niño, de forma natural, adquiere esa herramienta sin mediación de una enseñanza externa planificada.

Ahora bien, un niño (o cualquier persona) no aprende algo por propia iniciativa si no siente curiosidad por ello; y no siente curiosidad por algo si no lo necesita. Un niño que no sienta la necesidad de leer no aprenderá a leer. Por ejemplo, no sentirá la necesidad de aprender a leer un niño nacido en una aldea aislada donde la comunicación entre sus miembros sea de forma oral, porque todos pueden encontrarse y charlar cara a cara cuando lo necesitan. Lo mismo le puede pasar en nuestra sociedad a un niño pequeño, para quien su mundo conocido es su mamá, su papá, sus hermanos y pocas personas más a las que ve con frecuencia y con las que puede comunicarse hablando.

Pero llega un momento (distinto para cada niño como distinto es el momento en que cada niño se suelta a andar) en que el niño empieza a manifestar curiosidad por las palabras escritas. ¿Por qué? Puede que le atraigan esos garabatos dibujados (para él no hay diferencia entre dibujo y texto) de los que sus papás sacan misteriosamente las palabras de un cuento; quizá llegó a casa una carta de la abuela que mamá sabe leer y de allí salen todas las cosas que ha dicho la abuela; tal vez papá y mamá tengan la costumbre de "dibujar" en la lista de la compra algo que dicen que es "leche", o "sopa" o "papel del váter"... y con esos garabatos saben después lo que tienen que comprar; o puede ser por cualquier otro motivo que tenga alguna relación con la vida del niño, con sus vivencias afectivas y con personas vinculadas a él. ¡Qué poco tienen que ver con la necesidad del niño, con sus vivencias, con su afectividad, las cartillas de lectura con sus frases modelo: "Riega la rosa roja con la regadera"!

Y este momento en que el niño empieza a manifestar curiosidad es tan sagrado como frágil. Es aquí donde los adultos, conscientemente o no, solemos estropearlo todo. Ya sea porque tenemos prisa (nos han metido en la cabeza la mentira de que "cuanto antes, mejor") y aprovechamos este momento para acelerar el proceso introduciendo enseñanzas y explicaciones que el niño no ha solicitado; ya sea porque no soportamos la presión del entorno (¡¿con ocho años y no lee?!) y le transmitimos esa presión al niño; o porque desconfiamos de las capacidades de nuestro hijo como nos han hecho desconfiar de las nuestras propias con la educación que nos dieron. Por una u otras razones, en la mayoría de los casos terminamos matando esa curiosidad; y, paradójicamente, acto seguido nos empeñamos en "resucitarla" obligando al niño a leer, con presiones, premios y castigos; lo mismo en el hogar que en la escuela, donde además se utilizan métodos de enseñanza de la lectura y la escritura. Métodos todos que en el mejor de los casos lo que consiguen es u-na-a-cep-ta-ble-fo-ne-ti-za-ci-ón, es decir, poner sonidos a unos símbolos. Pero es que leer no es eso, leer es una experiencia profunda, vital y emotiva; leer es un proceso muy complejo en donde los ojos, las manos, la voz, el pensamiento, las vivencias, los sentimientos... se conjugan casi de forma mágica y siempre gozosa.

¿Para qué necesita el niño los métodos que le proponen los adultos? Para el niño sólo hay un método, con el que realiza cualquier aprendizaje, el método del tanteo experimental del que habla Freinet. Muchos de los frustados lectores (gracias a los métodos impuestos) habrían tenido éxito de haberles permitido seguir su propio método y su ritmo. Paul Goodman, en su libro La des-educación obligatoria, del año 1964, escribe: "Un gran neurólogo me ha hecho la afirmación de que el gran enigma no reside en cómo enseñar a leer, sino en por qué algunos niños fracasan en este aprendizaje. Si tenemos en cuenta la cantidad de enseñanza que un niño de la ciudad recibe, un ser humano cualquiera debería penetrar espontáneamente el sentido del sistema de símbolos. ¿Qué lo impide? Es casi palpable que para muchos niños el obstáculo es precisamente la asistencia a la escuela, debido al ambiente extraño, a la represión del interés espontáneo y a los premios y castigos extrínsecos que en ella encuentran. [...] Muchos de los que se rezagan en el aprendizaje de la lectura, hubieran tenido mejores oportunidades en la calle"

Alguien podrá objetar que nada es tan grave, que al final muchos de esos niños obligados a leer llegan a ser de adultos apasionados lectores... Pues qué lástima dar tanto rodeo, y a costa además de tanto sufrimiento, porque son muchos más los niños frustrados que se quedan por el camino, incapaces de adultos de sumergirse en el placer de la lectura de un libro.

Así que sólo puedo animar a los padres, especialmente a los que acompañan de forma consciente el crecimiento y los aprendizajes de sus hijos, a que confíen en ellos. Si han aprendido a caminar solos (y sabemos del gran gozo que este aprendizaje les produjo); si no se nos ocurre dudar de que aprenderán a hablar "sin método"; ¿cómo podemos dudar de que en un entorno como el nuestro, atiborrado de palabras y textos escritos, nuestros hijos vayan a aprender a leer y a escribir cuando lo necesiten?
Mónica Cruz

sábado, 19 de mayo de 2012

leer

El verbo leer no tolera el imperativo. Es una aversión que comparte con algunos otros verbos: "amar"... "soñar"...
Claro que se puede intentar. Se podría decir por ejemplo: "¡ámame!" "¡sueña!" "¡lee!" "¡lee!"

Así empieza el libro " Como una novela" de Daniel Pennac

Otro de esos verbos que tampoco tolera el imperativo es aprender: "¡APRENDE!"

sábado, 13 de agosto de 2011

http://grupomaternal.blogspot.com/2011/07/veces-reconozco-que-se-me-enciende-la.html



Aprender a leer

A veces reconozco que se me enciende la sangre. Miro a mi alrededor y pienso que vivo en un mundo absurdo, casi irreal. Nuestra sociedad postmoderna y a punto de caducar ha elevado a conocimiento lo complementario. Lo siento por los miles de estudiantes de educación y pedagogía que abarrotan las aulas, muchos con la sana intención de mejorar la educación, de ayudar a niños en su proceso, de apoyar el crecimiento y la capacidad intelectual de sus alumnos. Lo siento sinceramente porque creo que están siendo engañados, estafados en un sistema que no solo no da las soluciones, sino que provoca los problemas. Ahora, los niños que no van bien en el colegio, se ven sometidos a entrevistas con psicólogos en despachos de colegios, a clases especiales con profesores de apoyo y, a veces, incluso al consumo de drogas para sentarlos y domesticarlos.

En general no creo en los profesores (y lo he sido, que conste). No creo que un profesor tenga la capacidad de enseñar. Como mucho puede tener la capacidad de transmitir algunos conocimientos, pero es el estudiante quien aprende. Y esto, por mucho que nos empeñemos siempre ha sido así. Es así porque ninguno de los adultos que hoy leen esto serían capaces de resolver un examen de matemáticas o de geografía quince años después de haberlo "aprendido" en el colegio. Y es que no lo aprendimos realmente. Tan solo memorizamos fórmulas, procedimientos o datos que repetimos después para hacer un examen, para pasados varios días o años ser incapaces de aplicar o recordar gran parte de los aprendido. Como mucho un profesor puede encender la llama de la curiosidad en los alumnos y, guiado por el afán de conocimiento que el ser humano ha demostrado en toda la historia de la Humanidad, el alumno puede formular sus propias preguntas y respuestas. Pero muy lejos están éstas de ser admitidas por el sistema educativo actual.

Así que no creo que realmente se aprenda mucho en el colegio. Yo, al menos, no aprendí mucho. Ni siquiera en la Universidad aprendí demasiado. Puedo recordar algunas cuestiones relacionadas con la Filosofía del Derecho que me apasionaron entonces y que, a pesar de la buena nota, recuerdo en una nebulosa. Puedo recordar mis propias respuestas, pero sería incapaz de hablar más de cinco minutos sobre la obra de Norberto Bobbio o sobre El contrato social de Rousseau. Así que puedo decir que no aprendí demasiado. Y no aprendí, no porque hubiera algo malo en mi. No. No aprendí demasiado en los veinte años de estudios académicos (desde primaria a la licenciatura) porque el sistema no está diseñado ni creado para educar.

Reconozco haber disfrutado más con la lectura libremente elegida de El banquete de Platón en mi casa en el año de COU, que con todas las lecturas parciales y obligadas que tuvimos que hacer para aprobar la asignatura de Filosofía en selectividad. Reconozco haber disfrutado más con la elección de El siglo de las Luces de Alejo Carpentier en 3º de BUP que con la lectura obligada de El Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina -cuyo libro ni siquiera comencé y a quien no he vuelto a leer por pura rebeldía-. Siempre me ha parecido que desde las instituciones educativas se vanalizaba la literatura hasta extremos insoportables. Un libro no es solo un libro, cualquier buen lector lo sabe. Un libro es el encuentro de dos mundos, dos almas, en un espacio y tiempos concretos.

Los programas de animación a la lectura en la que los alumnos deben leer un autor en un tiempo determinado son un auténtico atropello a la razón y a la libertad personal porque la elección de un libro es un acto sagrado de dominio personal y libertad subjetiva. Y, si además, van acompañados de comentarios de texto en los que has de contestar lo que otros quieren que contestes (nunca he encontrado un profesor tan libre que te permitiera hacer un comentario de texto personal y creativo), entonces, el placer intelectual y la capacidad creativa son directamente aplastados. Para mi, que la lectura ha sido mi refugio personal y la balsa en la que sostenerme en los momentos de zozobra interior y exterior, las lecturas obligadas han sido una tortura de la que he conseguido zafarme siempre, porque, y esto es lo bueno, he aprobado sin haber leído los libros que se suponía tenía que leerme. Incluso en selectividad. Siempre supe qué querían los otros - los profesores- que contara del libro y podía explicarlo, aún sin haberlo leído. Lo que viene a confirmarme una vez más la escasa utilidad de los sistemas tradicionales de enseñanza. Pero claro, yo tuve la suerte de haber comenzado a leer en casa a los cuatro años, lo que me permitió la libre elección de mis lecturas hasta al menos los siete y ocho años. Lo que me hizo ser una lectora libre.

Mi hija, que actualmente tiene seis años, comenzó a leer hace algo más de un año. Su elección primera fue la colección completa de Asterix y Obelix que su padre le regaló pensando que miraría los dibujos. Pero no. El regalo fue el aliciente que encendió la llama de la curiosidad y desde hace un año lee y relee las aventuras de los galos (hasta tal punto que este verano pisaremos las Galias en honor a sus personajes preferidos). A priori nunca creí que una niña de cinco años pudiera soltarse en la lectura de la mano de Asterix y Obelix, cuyos nombres y latinajos son tan difíciles de pronunciar y cuyo sentido del humor destila una fina ironía. Sin embargo, así ha sido.


Que conste que cada verano le compro los libros resúmenes del curso que se supone debía haber realizado. En los primeros años de primaria, la lectura tiene una posición predominante. Y así los libros vienen con unas narraciones y cuentos que, he de reconocer, jamás la han interesado. Hace dos veranos, las aventuras de dos marcianos (Tana y Tano) fueron para ella aburridas. Este año, dos hermanos encuentran un barco pirata en la playa mientras están de veraneo con sus abuelos y... a mitad de la narración, ha cerrado el libro y perdido cualquier interés por esos relatos políticamente correctos con lenguaje sencillo y faltos de emoción. Me imagino a un buen intencionado pedagogo escribiendo en lenguaje no sexista una narración irreprochable en la que trabajar los verbos pretéritos. ¡Qué lejos de la verdadera literatura! Es imposible, más bien un milagro, que un alumno correctamente asimilado por el sistema educativo actual ame la verdadera literatura, si quiera que la distinga de los almibarados textos que acompañan los libros académicos. Y estos niños, serán jóvenes que leerán (con suerte) los best seller del año sin comprender que aquello no es ni será literatura. Que la distancia que media entre un libro comercial y la Literatura en mayúsculas es la misma que existe entre una hamburguesa de MacDonald y una caldereta de marisco; la misma que separa el íntimo abrazo del enamorado del rápido sexo anónimo.


Miro a mi alrededor y me pregunto por qué estamos cómo estamos. Por qué nos cuesta tanto tomar decisiones honestas en nuestra vida, por qué naufragamos en un mar de dudas, por qué no conocemos el valor de lo importante; cómo es que no diferenciamos lo accesorio de lo relevante, lo sagrado de lo fútil. Cómo es que no sabemos ofrecernos a los demás y valorar la voz que somos, la melodía única que necesita la armonía total. Y viene a mi mente que somos aún como esos adolescentes que sabían qué respuestas debían dar si querían aprobar el examen, aunque la respuesta no tuviera nada que ver ellos... el problema es que confundimos nuestra voz con la de los otros.

Por nuestro socia Monica de Felipe