Nos pareció muy buena idea apuntar a Hadrián y Lidia a un campamento urbano, que duraría cinco días, en Agosto. El horario era de 10.30 a 17.00 y uno de los días harían senderismo, otro de los días irían a una playa, y el resto de días, multitud de actividades, la mayoría al aire libre (aunque algunas no fueron así , por el mal tiempo, pero bueno.
El caso es que día a día venían contentos, muy cansados, contando varios juegos nuevos que habían aprendido, o la conversación que habían tenido con tal o cual niño, o el nuevo deporte que les habían enseñado, o el menú que les había tocado en la comida.
El viernes terminó y les dieron un diploma y unas manualidades muy chulas que estuvieron haciendo. Vinieron muy contentos.
Cuándo llevé a Hadri a la cama, por la noche, le dije que podía dormir todo lo que quisiera, que ya se había terminado el campamento. Él me miró, ya con cara de mucho sueño, y me dijo, "¿sabes mamá? me lo pasé genial en el campamento urbano, pero el año que viene, no quiero volver." Me extrañó mucho, y le pregunté porqué.
"Porque no nos dejaban jugar más que diez minutos en todo el tiempo".
Y le contesté si no se suponía que estaban haciendo juegos con los monitores casi todo el rato.
Él me miró lánguidamente, con esa mirada de "tía, no te enteras", y me contestó, "Pero mamá, eso, no es jugar...".
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