Un buen pedagogo, en el sentido amplio de la palabra porque no hablo de títulos académicos, se forma y aprende con la experiencia procedente de las diferentes vivencias, positivas y constructivas, mantenidas con niños y niñas e iniciadas en la propia infancia.
No se forma a través de los textos y libros leídos y por leer de grandes especialistas en la ciencia y el arte de la pedagogía como Vigotsky, Piaget, Dewey, Freire, Montessori y tantos/as otros/as y de otras disciplinas (psicología, sociología,...) que no dudo ni cuestiono, para nada, que sean necesarios para adquirir conocimientos y saber pero pienso que no son imprescindibles.
Desde mi punto de vista son sólo una necesidad arbitraria no más importante que el contacto directo con los/las niños/as, además hay que considerar que cada reflexión, opinión o teoría de los/las expertos parte de una serie de análisis y estudios condicionados por el momento (época), el lugar, el entorno, la cultura y otros muchos factores susceptibles de ser considerados de cada autor/a. Consideración esta que me permite llegar a la conclusión de que los grandes pedagogos/as deben ser referentes que nos ayuden a confirmar y/o confrontar nuestras propias reflexiones, opiniones o hipótesis pero sin caer en el error de cerrar las puertas al pedagogo/a que reside en nuestro interior, tomándolos como únicos modelos de referencia.
A mi modo de entender, el/la mejor pedagogo/a siempre será el niño o la niña que somos pues lo/la llevamos dentro, es decir, nuestra niñez presente en todo momento para saber dar lo que nos gustaba recibir y no dar lo que nos hacía sentir mal o nos hacía daño, cambiándolo para mejorar y no repetir los errores que pudieron cometer con nosotros/as.
Mantener el corazón del niño o la niña que somos para empatizar con nuestros/as hijos/as y, así, comprenderlos, cuidarlos, valorarlos, educarlos y amarlos como ellos/as necesitan.
El/la mejor pedagogo/a es quien sabe mantener ese corazón, infantil y tan humano, que nos permite ilusionarnos, soñar, jugar, aprender, hacer, crear, entender, sentir, enseñar, motivar, valorar... usar las palabras mágicas que nos convierten en personas agradables, cariñosas, comprensivas y amables... y nos permite pasárnoslo bien para hacer sentir bien a las personitas y personas que nos rodean: niños y niñas todas ellas aunque muchas... lo hayan olvidado.
La pedagogía es un arte más que una ciencia, son actitudes no teorías, es una vocación no un título, es amar y respetar a los/las niños/as no disciplinarlos, es magia para hacer reír y aprender juntos a mejorar para ser, cada día, más felices y humanos.
Todos y todas valemos para educar y enseñar si nos lo creemos y, sobretodo, si confiamos en nuestro corazón de niño/a dejándonos guiar por los intereses y las necesidades de nuestros/as hijos/as, confiando en ellos/as y valorándolos/las para que se sientan queridos, tranquilos, atendidos, felices y, en consecuencia, motivados para aprender (que lo hacen en cada momento) y entender todo lo que les queramos enseñar mientras vamos aprendiendo de ellos/as, sobretodo, a sacar al niño/a que nos reprimieron dentro.
PD. Ahora y después de casi seis años educando a mis hijos en casa, puedo decir, con sano orgullo, que nuestro bienestar y calidad de vida ha mejorado muchísimo desde que tuve que des-escolarizar a los dos mayores por la situación tan conflictiva que vivíamos y que, en el instituto, se incrementaba.
Ha sido un proceso duro y difícil por muchos motivos y razones pero lo que cuenta y vale, de verdad, son los resultados y éstos, a día de hoy, son muy positivos en muchísimos aspectos tales como que, hemos ganado en salud porque vivimos sin estrés, sin prisas y rodeados de vegetación que, a su vez, nos ofrece alimentos sanos y naturales; la relación tan conflictiva entre mis hijos mayores y yo ha cambiado por completo pues al dejar el instituto han podido desaprender los malos hábitos incorporados y los valores consumistas, materialistas y machistas que habían adquirido por la presión de grupo que recibían; los dos pequeños crecen libres de presiones y aprenden muy ilusionados y con mucha rapidez pues todo los motiva y emociona, además se evitan los disgustos, tensiones y miedos que tuvieron que soportar sus hermanos en sus entornos escolares; en cuanto a mi, debo añadir que vivir todo el día con mis hijos, sin tener que ir a la escuela, me ha permitido y me permite desarrollar mi pedagoga interior con mucha más fuerza y convencimiento pues ya nadie la reprime, como la reprimían mis padres y mis maestros/as y nadie la anula como trataron de hacer, durante mi docencia, el sistema educativo, tan sistemático y burocrático, las familias, tan exigentes algunas y “pasotas” otras, y los/las “compañeros/as” del claustro, tan acomodados y aburguesados ellos/as. Lídia. Junio 2011.
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