La semana pasada hablaba en Reflexión Acción Participativa de compromisos con la juventud, desde el respeto y la convivencia, y los sucesos que están teniendo lugar en Valencia, con actuaciones policiales violentas contra jóvenes, incluso contra menores de edad, incluso contra sus padres/madres... en la calle... nos devuelven a la senda del dolor y la reflexión.
¿Estamos como adultas, desde nuestras posiciones de poder (empresas, gobiernos, bancos, patriarcado, paternidad/maternidad, enseñanza...) verdaderamente comprometidas con la juventud? ¿Y con quienes acompañan desde el respeto y la convivencia a la juventud?
¿O nos encantaría que fueran sólo una figura anodina y sexista que cruza el paraíso pisando y pasando sólo por el camino que ciertas adultas designamos o autorizamos (con la excusa de protegerlas)?
¿Vamos a llenarlas de ira, de odio, de dolor, de desconfianza, de miedos... para que después las vomiten, las devuelvan, se intenten limpiar, detoxificar de ellas contra el resto del mundo que no ocupa esas posiciones de poder?
Estamos ante una nueva razón, poderosa y enérgica, por la que debemos tomar nuestro trabajo de educación (ambiental) muy en serio. La educación (ambiental) debe hacernos libres y respetuosos, conscientes de nosotras mismas y "del otro". La educación (ambiental) es convivencia y diversidad, ambas imprescindibles para la vida. Es conocimiento y resolución de conflictos.
Subrayamos de nuevo el valor de la educación (ambiental) hecha desde dentro de uno/a mismo/a, desde casa hacia afuera, desde el bloque hacia el barrio, desde el barrio hacia la ciudad... Desde... En todo caso no sólo desde las administraciones públicas, no sólo desde las asociaciones, no sólo desde las empresas...
Creo que debemos asumir nuestra función de educadores/as del resto de la comunidad (familia, barrio, pueblo, planeta...) y no delegar. La educación empieza en uno/a mismo, en su casa...
Y no termina nunca.
Jose África
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